La ciudad que no termina de ser
Santo Domingo crece hacia afuera porque le cuesta terminarse hacia adentro. La capital no es un problema de ancho: es un problema de promesas a medio cumplir.

La ciudad que mejor conocemos los dominicanos no es la que se planifica en los despachos: es la que se improvisa en las esquinas. Y sin embargo, casi todo lo que sufrimos tiene un plano viejo y un expediente más viejo todavía.

